Carrito

Creo y no creo

Andrés Ortiz-Osés

CREO Y NO CREO

A veces me pregunto y me preguntan si realmente creo o no creo, y en qué o quién creo y cómo. Ante las navidades la cuestión resulta más romántica, pero la verdad es que me cuesta observar que haya gente que cree y gente que no cree, cuando en realidad yo mismo creo y no creo. Estoy así de acuerdo no solo con los que creen o creyentes, sino también con los que no creen o increyentes. Pues, en efecto, creo con los que creen y no creo con los que no creen, así que ninguno tiene razón por separado, sino todos a la vez.

Creo con los que creen en Dios porque ello significa creer en el sentido radical de la vida, porque lo experimentamos en el amor y la bondad, la belleza y la felicidad. Pero a la vez no creo con los que no creen en el viejo Dios, porque ello significa no creer en el sentido radical del mundo cuando lo experimentamos como sinsentido o absurdo, negatividad o desgracia. En este último caso cabría creer más bien en el diablo y lo diablesco.

Así que creo y no creo en el sentido del universo. En ello me identifico con el creyente y el increyente, aunque me diferencio a su vez de ambos. Pues el auténtico creyente solo cree aunque lo maten, mientras que el increyente no cree aunque siga vivo y coleando. El creyente solo está de acuerdo con el creyente, y el increyente solo está de acuerdo con el increyente, pero yo estoy de acuerdo con los dos a la vez, porque siento y pienso que la vida tiene sentido fascinante o divino, pero al mismo tiempo es un sinsentido terrible o demónico sellado por la muerte.

Soy pues creyente e increyente, desgarrado entre Dios y el diablo, el sentido y el sinsentido, la vida y la muerte. Pensando que la vida acaba en la muerte, pero que al mismo tiempo la muerte también muere y, por ello, no volvemos a morir más. La cuestión no es por tanto creer o no creer, ser o no ser, sino creer y no creer, ser y no ser. El que cree en Dios solo ve el sentido, el que no cree en Dios solo ve el abismo final del sinsentido; pero se trataría de ver el sentido y el absurdo, lo positivo y lo negativo. Por eso creo y no creo, porque veo lo uno y lo otro.

La creencia, como ya viera Víctor Hugo, se involucra en el amor porque es una especie de amor formal. Por eso el creyente ama esta vida en orden a la trasvida o trascendencia, mientras que el increyente ama esta vida inmanentemente sin ninguna trascendencia. Pero de nuevo yo afirmo el amor de la inmanencia y la trascendencia, del cuerpo o materia y del alma o espíritu. En una especie de dialéctica o más bien “dualéctica” de opuestos compuestos.

Por todo ello creo en Dios como símbolo del bien, y en el diablo como símbolo del mal: el cual representa una forma de descreer del viejo Dios absoluto y absolutista de nuestra tradición dogmática. Espero que a partir de estas premisas se pueda entender bien que mal mi conclusión paradójica o paradoxal: pues creo para poder no creer, y no creo para poder creer. Feliz Navidad positiva en medio de la pandemia negativa.

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