Carrito

La muchacha alta con una ligera giba

Ediciones Matrioska publica la primera novela de Edelmira R. Carracedo bajo el título ‘La muchacha alta con una ligera giba’. Con una prosa descarnada, ambientada en su Galicia natal, cuenta la historia del hijo del vinculeiro y los vecinos de Bérgamo, una aldea sometida a los desmanes de este cura sin fe, soberbio y violento.

Novela sobre la perversión del miedo y los efectos que provoca individual y colectivamente. Los vecinos de Bérgamo se retroalimentan de sus propios fantasmas en vez de rebelarse ante las arbitrariedades del poder.

La autora

Edelmira R. Carracedo es natural de Sofán, Carballo (A Coruña). Estudió periodismo y derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido subdirectora de informativos de la Televisión de Galicia (CRTVG) y delegada de la cadena en Madrid. Ha trabajado además en distintos medios, como subdirectora de producción de programas de actualidad en Telecinco y directora de antena en la Televisión de Castilla – La Mancha (CMM), cargo que ocupa en la actualidad.

Sinopsis

La vuelta a Bérgamo del hijo del vinculeiro reaviva el miedo ancestral de sus vecinos ante cualquier tipo de autoridad. Preocupados por su supervivencia, no reaccionan ante el grito desgarrado de la hija del inválido. Conocen al causante: unos minutos antes lo han visto pasar montado en un caballo, vestido de sotana, camino de la casa grande. Ese grito será el inicio de una serie de sucesos a los que asistirán inquietos, pero impasibles.

EL HIJO DEL VINCULEIRO

“Yo no quiero saber nada con la sotana. Me sirve para imponer miedo a estos desgraciados. Así puedo agraviarlos (…) joder a sus mujeres. Se callan. No se atreven a murmurar ni en sus casas”.

LA MUCHACHA

La tumbó, palpó sus pechos y le subió la falda. Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y se metió dentro de ella (…) Ni siquiera le tapó la boca. Dejó que sus aullidos acompañaran a sus movimientos de macho en celo.

LA ALDEA

Hablaban apenados (de la cosecha perdida) mientras se oían los aullidos de la casa del vinculeiro. En ese momento, los que espiaban detrás de las contraventanas las cerraron con fuerza para reabrirlas de nuevo con sigilo al cesar los lamentos. Había vuelto la calma.

EL PADRE DE LA MUCHACHA

Si le quedara honor le robaría una pistola a aquel cabrón y lo mataría (…) pero no le gustaba la cárcel, no tenía ganas de morir enjaulado (…) “Todo se aguanta si comemos un poco mejor y mis nietos heredan algo que sea suyo”.

EPITAFIO

“Aquí quedan nuestros huesos esperando por los vuestros”.

Disponible a través de Ediciones Matrioska, en formato digital y papel: Enlace. Y también lo puedes pedir en tu librería habitual.

Capítulo 1

Cuando se quedó solo, enloqueció. Se revolvió en la silla del caballo y supo que, a partir de ese momento, su vida iba a ser un despropósito. Dios, aquel dios enfangado incapaz de calmar el dolor, hacía muchos años que le había abandonado. Fue un recurso pasajero para un niño al que sus padres dedicaron a un oficio que lustraba el origen familiar. Un adorno de prestigio para un campesino rico: el sacerdocio era la garantía del favor social. Pero él tenía una sangre endemoniada, sangre de hombre de acción, de ladrón, de asesino de beatas. Si no le hubieran malcriado los hipócritas podía haberse convertido en un buen bandolero o en un vengador de los pobres. Ahora, sólo, sin formar parte de la vida de nadie y sin nadie que formase parte de la suya, quería aprovechar sus últimos años de juventud: cabalgar al aire libre, comer, beber y joder hasta desmayarse.

Entró en Bérgamo con la cabeza muy alta. Empingorotado sobre un alazán que robó a la salida de la parroquia en la que ejerció de cura pendenciero, al que todos decían odiar. Odiar, aquellos campesinos muertos de hambre, incapaces de levantar la voz contra los que les explotaban como esclavos. Almas envilecidas por el trabajo y la desnutrición, ¿qué sabían ellos lo que es odiar? Sólo se dejaban llevar por el impulso de las bestias, el mismo impulso que sentía su caballo cuando le azotaban. Ni eso: a ellos los azotaban y no reaccionaban.

Míralos, tan sucios que apenas se distinguen de la tierra que pretenden cultivar. No la cultivan, la arañan hasta conseguir unas cuantas patatas, un poco de maíz y el trigo suficiente para pasar hambre y dejarle esa hambre en herencia a sus hijos.

El caballo avanzaba saltándose las piedras contagiado del orgullo desafiante del jinete. Los dos miraban sin ver, mientras se sentían observados. Unos, levantaban la cabeza de sus quehaceres, sin atreverse a saludar. Otros, espiaban detrás de las contraventanas al hijo del vinculeiro que volvía a su casa en una montura robada y vestido con la misma sotana con la que asistió al entierro de su padre, un mes después del entierro de su madre.

– ¿Quién se atreve a cerrar ante mí las puertas de lo mío?

El patadón abrió la enclenque hoja de madera. Arrimada al fuego una joven muy alta, delgada, con una ligera giba, volvió la cabeza y no se asustó. Era el amo. Le serviría el compango, un poco de caldo y una botella de aguardiente. Se levantó para ir a la alacena. Él la agarró por la muñeca y la arrastró hacia el camastro. Se tambaleaba y le brillaban los ojos, pero mantenía el pulso firme de varón acostumbrado a deglutir bebida y guiar la brida de los caballos bravos. La trató como uno más. La tumbó, palpó sus pechos y le subió la falda. Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y se metió dentro de ella con la fiereza del espadachín que consigue dar la estocada mortal a su enemigo. Ni siquiera le tapó la boca. Dejó que sus aullidos acompasaran sus movimientos de macho en celo. Resuelta la faena, lanzó su ira contra el llanto del inválido, testigo de la humillación de su hija. Al ritmo de un sopapo le recordó el honor de que un hombre como él empollara en alguien de su estirpe.

Los mismos que le vieron llegar acechaban sus pasos cuándo se volvió a subir al caballo y se dirigió al galope hacia los montes de su familia, que ya eran los suyos. Los que recogían las primeras patatas de la temporada inclinaban su cerviz detrás de los bueyes, que arrastraban el arado de madera, inventado por los romanos. La cosecha no era buena. Los bichos se habían cebado con el tubérculo y la mayoría o estaban carcomidas o rotas en dos mitades. De eso hablaban apenados mientras se oían los aullidos de la casa del vinculeiro. En ese momento, los que espiaban detrás de las contraventanas las cerraron con fuerza para reabrirlas de nuevo, con

sigilo, al cesar los lamentos. Había vuelto la calma. El jinete se alejaba y algunas mujeres hacían equilibrios para sostener en sus cabezas los hatos de hierba con los que alimentarían a las vacas que, a su lado, sus hijos llevaban atadas con cuerdas.

En los montes el silencio era un clamor. Un clamor interrumpido por los gritos de los cortadores de madera, de los segadores de tojo y de los bandoleros que celebraban el éxito de sus fechorías. Uno de esos cortadores de madera se ufanaba ante el pino que acababa de tumbar. Lustroso, con la savia rebosante entre los troncos, los brazos de cuatro hombres no podían abarcar su perímetro. El maderero esbozaba la sonrisa franca del triunfador honesto. Fuerte, se mostraba

retador ante unos árboles a los que ya se había enfrentado su padre y antes su abuelo y su bisabuelo. Ellos le transmitieron la habilidad por la que se le reconocía en toda la comarca. Por esa y por su gracia en el baile. Los hombres le llamaban pinturero para desacreditarlo ante las mujeres encandiladas por sus buenos modales. La agresividad la descargaba en el golpe certero con el que, en pocos minutos, hendía la madera. Un golpe que le sorprendió por la espalda: no

pudo ver quién le lanzó de bruces y le descerrajó dos tiros en las piernas. Sólo oyó sus pisadas entre los helechos y las plantas silvestres. Tampoco tuvo suerte con sus gritos. Empezaba a anochecer y los otros madereros, los segadores de tojo y los bandoleros se habían ido cada uno a sus labores. A esa hora, tomarse unas copas de aguardiente en la taberna de Bérgamo. Más tarde, unos se acercarían a sus casas a engañar el estómago con una taza de caldo y otros a asaltar a algún desprevenido que cruzase solo los caminos de la aldea.

A la taberna llegó también el jinete ensotanado. Detrás del mostrador estaba la muchacha desgarbada, con una ligera giba. La echó. Él mismo se sirvió una mezcla de coñac y aguardiente y se llevó las botellas a una de las mesas de madera destartalada. Bandoleros, segadores de tojo, madereros, campesinos harapientos se enredaron en una especie de silencio asesino capaz de fulminar a cualquiera que osara levantar la voz. El señor de negro podía disfrutar de sí mismo sin que a ninguno de aquellos hombres, cobardes o arrojados, se les ocurriese molestarlo. Le precedía la leyenda. Unos tratantes de ganado contaron su despedida como párroco, los feligreses, hartos de sus abusos, intentaron apedrearlo dentro de la iglesia. Sacó una escopeta de caza de debajo del altar y disparó al aire. Hombres, mujeres y niños se arremolinaron en la puerta intentando huir aterrorizados. El que huyó fue él. Le quitó el caballo a uno de los lapidadores y se dirigió a la casa de sus padres. Allí, en la taberna que regentaban sus caseros, pensaba instalarse. Los que le observaban atemorizados no lo sabían: Había venido para quedarse.

Sería uno más entre casas de ventanas con periódicos viejos sustituyendo los cristales rotos. Uno más entre trasegadores de habas, harina, leche en polvo, aceite. Despacharía vino a los taimados que se vanagloriaban de haber ganado una guerra, ignorantes de hasta que punto la habían perdido. Como ese que se acercaba al mostrador con la vanidad adornando los remiendos de su chaqueta, los descosidos del pantalón y los agujeros de sus zapatones. Apenas se mantenía en pie.

Había pasado la tarde desbrozando terrones para intentar ampliar en unos ferrados sus tierras de labranza. Después de tomarse su vino malo, le aguardaba una taza de

caldo: grasa desleída en un poco de agua. A su lado se sentarían dos hermanos, dos cuñadas, tres sobrinos y sus padres. Él seguía soltero. Quería disfrutar de su triunfo y pasearse por las verbenas antes de buscar una mujer con casa propia o con pocos de familia con los que compartirla. Con el poco resuello que le quedaba se envalentonó, estaba poniendo, decía los cojones encima de la mesa, para retar a quién negase que el Generalísimo Franco era el mayor héroe de la historia. Nadie iba a negárselo, pero insistía:

  • El general más joven, fustigador de comunistas, héroe de la cruzada, látigo de las putas.
  • A las putas déjalas en paz – se oyó – son las únicas que nos dan algo de alegría.

Aquel ganador de la guerra no se había enterado de que en una de las mesas bebía el hijo del vinculeiro. Dejó la perra que costaba el vino y se marchó sin enfrentarse a la sombra que entrevió en el monte, después de oír dos disparos y varios lamentos.

El lamento de otro vencedor era el hazmerreír de una aldea de tristes. Un soldado de España, un defensor de la patria en peligro se derrumbó encima de la artesa y se echó a llorar cuando sus hermanas le ofrecieron un trozo de borona enmohecida. Acababa de llegar de esa guerra que tanto festejaban en sus sermones los tres curas que atendían la parroquia. En cuatro días no había podido comer ni hierbas, no crecía ninguna por las tierras secas que cruzó.

Su cara de hambre provocaba la risa de gente sin espejos: las perras gordas, el patacón y la codiciada peseta no alcanzaban para ponerse al día con la estética. A él le quedaba el consuelo de otras risas: las que estallaban en el batallón al ver a los moros lanzarse como posesos a la primera línea del frente. Al salir de Marruecos, les prometieron que, si morían en la batalla, resucitarían en su tierra. “Pobres incautos…”, murmuraban entre carcajadas los soldados españoles, que tampoco llevaban espejos en su macuto.

En la taberna sí había uno. Lo colocó un muerto. Uno de esos muertos de los que no se hablaba. Era el cabecilla de los Solidarios, el demonio con

rabo. En las últimas elecciones, de las que tampoco se hablaba, no pudo vencer el miedo de sus votantes. La víspera uno de ellos apareció con una hendidura en la cabeza. Los demás recibieron el aviso y se quedaron en casa.

Se sabía quiénes eran los agresores. Esa noche una parte de ellos robaba urnas y los otros se dedicaban a amontonar papeletas para anular las que no eran de su partido. Un mozo, poco avispado, intentó protestar. El señor abogado le replicó:

  • Calla, rapaz, el que hizo la ley hizo la trampa.

Algunos no se conformaron con las trampas y se enzarzaron en una larga batalla de tres años. Antes de alistarse, el cabecilla de los solidarios, colgó su pequeño espejo en la taberna: – Si no me matan – dijo- volveré para mirarme en él con la conciencia limpia.

Una frase olvidada, igual que el que la pronunció. A nadie le interesaba mirarse en los espejos. Los que habían tenido suerte, pasaban hambre; los menos afortunados se pudrían en la cárcel o en los cementerios.

 

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