Carrito

Paco Miñarro

Paco Miñarro (Valencia, 1964) es un ejemplo de lo que nunca debe hacerse para triunfar en la vida. En los ochenta se dedicó al diseño gráfico, como casi todo el mundo, pero pronto abandonó los estudios y se aficionó a la alquimia y al cultivo de hierbas prohibidas. Eso, sin duda, le facilitó cierta perspectiva filosófica, de manera que participó en varios experimentos editoriales que fracasaron estrepitosamente. Muy contento con ello, abordó en algunos ensayos la problemática de la identidad humana, el tiempo circular y la inminencia del apocalipsis, pero nadie le hacía ni puñetero caso. Trabajó de lo que pudo: electricista en una fábrica de cerveza, administrativo, contable, vendedor a domicilio, falso predicador, camarero y traficante, pero a la vez se sumergió en el estudio del chamanismo asiático y de la tradición hermética, así como de los “tong” chinos, el budismo tibetano y la contracultura norteamericana. Ingresó en un par de sociedades secretas, con el confesado objetivo de acabar con el orden imperante, y también participó en algunos cónclaves internacionales, en los que preconizaba una insurrección general y absoluta. De vez en cuando escribía panfletos subversivos y pasquines anarquistas, que eran difundidos por toda Europa. En el fondo, Miñarro siempre ha tenido vocación de eremita o de librero; que no lo haya conseguido es algo totalmente ajeno a su voluntad. Por el contrario, y con mucha voluntad, Miñarro saltó a la prensa a causa de varias campañas de propaganda anticlerical cuando se convirtió en el Coordinador de la Federación Internacional Atea. Se montó un pollo tremendo cuando organizó el I Concilio Ateo de Toledo en el 2007, y a raíz de ello la cadena de TV de la Conferencia Episcopal le invitó a participar de tertuliano en varios programas. Lo cual le convirtió, naturalmente, en el principal sparring de tan católica audiencia. Fue juzgado por colocar un manifiesto en la puerta de la catedral de Valencia, exigiendo la excomunión pública. Lo de tertuliano apenas le daba para vivir, de manera que, junto a su sufrida esposa y un socio argelino, abrió el primer restaurante de cannabis de la humana historia. Algunos años después el argelino desapareció con la pasta, pero el restaurante aguantó hasta la actualidad, aunque ya no utilice tan exótico ingrediente. Incluso aparece en la guía Michelín, ya ven. Pero Miñarro, que ya habrán deducido que es un tipo bastante inquieto, no ha podido limitarse a tan honrada profesión, de manera que un día se levantó de la cama dispuesto a escribir la gran novela del siglo XXI. Si Dante redactó su Divina Comedia, cerrando con ello el ciclo de la literatura medieval, Miñarro ha creado una comedia divina, un artefacto lúcido y aberrante, el último y definitivo engendro del realismo histérico.

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