Discurso de Libertad

Discurso de Libertad

14,99

Si hay un hilo conductor en los ensayos del gran abogado y orador Robert Ingersoll, figura a la que el mayor escritor de Irlanda, James Joyce, pone al nivel de Gautama y de Jesús en su colosal Ulises, es, sin duda, la defensa acérrima de la Libertad, en todas sus manifestaciones. En sus obras encontramos el afán sincero de crítica contra toda forma de totalitarismo, sea político o religioso, contra toda forma de esclavitud del hombre y su razón, siempre con un estilo sencillo, mas que brilla con luz propia.

Es, no obstante, contra la religión cristiana como arremete con mayor contundencia. Gran parte de sus ensayos, de estos y de los demás firmados por su pluma, se enfrentan con decisión y genialidad a la esclavitud mental que pretende el cristianismo en todas sus formas y sectas. No ataca en ningún momento a sus creyentes honestos, a aquellos que viven de acuerdo a los bellos principios del amor que propugna su fundador, sino a aquellos que tacha de “hipócritas”, aquellos que pretenden esgrimir su religión como herramienta de control sobre los demás. Lo que más le horroriza de este sistema de creencias es la doctrina del pecado y de la condenación eterna, ideas ambas capaces de hacer de la tierra un verdadero infierno de angustia y terror.

Descripción

Si hay un hilo conductor en los ensayos del gran abogado y orador Robert Ingersoll, figura a la que el mayor escritor de Irlanda, James Joyce, pone al nivel de Gautama y de Jesús en su colosal Ulises, es, sin duda, la defensa acérrima de la Libertad, en todas sus manifestaciones. En sus obras encontramos el afán sincero de crítica contra toda forma de totalitarismo, sea político o religioso, contra toda forma de esclavitud del hombre y su razón, siempre con un estilo sencillo, mas que brilla con luz propia.

Es, no obstante, contra la religión cristiana como arremete con mayor contundencia. Gran parte de sus ensayos, de estos y de los demás firmados por su pluma, se enfrentan con decisión y genialidad a la esclavitud mental que pretende el cristianismo en todas sus formas y sectas. No ataca en ningún momento a sus creyentes honestos, a aquellos que viven de acuerdo a los bellos principios del amor que propugna su fundador, sino a aquellos que tacha de “hipócritas”, aquellos que pretenden esgrimir su religión como herramienta de control sobre los demás. Lo que más le horroriza de este sistema de creencias es la doctrina del pecado y de la condenación eterna, ideas ambas capaces de hacer de la tierra un verdadero infierno de angustia y terror.

Hoy, la reedición de estos ensayos es más necesaria que nunca, por su terrible actualidad. La razón humana se encuentra nuevamente (o “todavía”) esclavizada. Algunos de los amos actuales son nuevos –las urnas y los laboratorios–; otros siguen siendo los mismos: la religión fanática, sea bajo su forma romana o similar, sea bajo la media luna. Si Ingersoll hubiera vivido hoy, sabemos qué habría dicho de una Iglesia que sigue teniendo más poder que el que seguramente habría querido Jesucristo, o de una religión que pretende imponerse a fuerza de cuchillo y bomba. Mas, ¿qué habría dicho de las mayorías tiránicas que imponen en las urnas su visión del mundo sobre la minoría, con un autoritarismo más peligroso e irrefutable que el de los reyes de antaño por su carácter incontestable, por “emanar del pueblo”, por reflejar “la opinión de los muchos”? ¿Qué habría dicho de esa ciencia que se ha convertido en la heredera ideológica del cristianismo, que ha terminado por pisotear todo lo imperceptible por los sentidos, y que va camino de acabar con su “objetividad” con lo más bello y propio de las personas en su defensa de una razón “unidimensional”: su humanidad, sus sentimientos? ¿De esa nueva Inquisición que, con los hechos empíricos como libro sagrado, impone una única forma de vida en aras de la “salud pública”, del “progreso” y del “conocimiento”? ¿Qué habría opinado de los principios políticos de la derecha y la izquierda que hoy son dogmas incuestionables, y que pueden costar el empleo e incluso la libertad a todo aquel que se atreva a alzar la voz para sugerir otra opinión?

Vivimos, sí, en una época en la que hace falta más lucha por la libertad. Vivimos en una época en la que hacen falta más Ingersoll. Ojalá estos ensayos contribuyan a despertar a más de ellos.

Prólogo                15

Discurso Primero

Los dioses           21

Discurso Segundo

Humboldt           73

Discurso Tercero

Thomas Paine   91

Discurso Cuarto

Individualidad   123

Discurso Quinto

Herejes y Herejías          149

Discurso Sexto

Los Espectros    179

Prefacio               181

La ciencia acabó con la superstición        185

Discurso séptimo

La Libertad del hombre, de la mujer y del niño 225

Libertad de la mujer      245

La libertad de los niños 254

Conclusiones     269

Discurso Octavo

Sobre la agricultura en Illinois    273

Discurso Noveno

¿Qué debemos hacer para Salvarnos?  299

Prefacio               301

  1. Lo que debemos hacer para salvarnos 305
  2. El evangelio de Mateo 312

III. El evangelio de Marcos          320

  1. El evangelio de Lucas 324
  2. El evangelio de Juan 325
  3. Los católicos 329

VII. Los episcopales        333

VIII. Los metodistas       335

  1. Los presbiterianos 338
  2. La alianza evangélica 340
  3. ¿Qué propones? 343
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Robert G. Ingersoll

Robert Green Ingersoll conocido como Bob Ingersoll, fue un abogado, veterano de la Guerra Civil Estadounidense, líder político y orador de Estados Unidos durante la Edad de Oro del librepensamiento, recordado por su gran cultura, crítica a la religión y su defensa del agnosticismo. Lo apodaron "El Gran Agnóstico”. Ingersoll disfrutó de una amistad con el poeta Walt Whitman, quien lo consideraba como el mayor orador de su época. "No debería ser sorprendente que me siento emparentado con Ingersoll, porque él es Hojas de hierba... Él vive, personifica, la individualidad, que yo predico. Veo en Bob [Ingersoll] el más noble ejemplar con la esencia estadounidense pura de esta tierra, extendiendo, dando, exigiendo luz."

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